Apuntes domésticos de pragmatismo y homonimia

El terremoto de San Francisco y el posterior incendio, la explosión de un barco cargado de explosivos en Halifax, el Blitz de Londres, Hiroshima, Nagasaki, el terremoto en Ciudad de México, Chernóbil, el terremoto en Nicaragua, las Torres Gemelas, la Guerra de Irak, el Katrina. El cambio climático. En la investigación de Rebecca Solnit sobre desastres y comportamiento humano quedé confinado durante los primeros tres meses de aislamiento por coronavirus, entre marzo y junio de 2020. Un siglo XX catastrófico y veintiséis metros cuadrados para dos, dentro de una ciudad de millones de habitantes y hospitales desbordados donde se habla un idioma que manejo lo suficiente como para constatar mi aislamiento. No podía haber lugar mejor.
A menudo, cuando navegamos desastres colectivos y logramos evitar la totalidad del siniestro, cuando, golpeados, aún podemos ir al auxilio de los demás, cierta forma de felicidad viene a sorprendernos. Se trata de un sentimiento complejo de definición esquiva, traducción inexacta y difícil de asumir. ¿No hay algo egoísta en sentirse bien cuando todo se desmorona? ¿Qué es ese turbio remanso de vitalidad cuando la vida se nos viene encima? ¿Qué es esa alegría, esa dicha, ese júbilo? ¿Ese amor, ese éxtasis, ese arrebatamiento? ¿Esa predisposición a socorrer a los demás?
Y, sobre todo, ¿a dónde va cuando pasa la catástrofe?
Eso se pregunta Rebecca Solnit al descubrir , debacle tras debacle, entre las ruinas de órdenes heridos y debilitados e instituciones inoperantes, cómo la solidaridad anárquica viene a ocupar su lugar, cómo el auxilio mutuo nos provee de lo esencial, cómo sacamos fuerzas, por así decir, de flaqueza. Eso le pregunta a la historia del desastre, a los detalles que no ocuparon las portadas, a los testimonios de quienes, inadvertidos de la pronta desaparición del mundo que conocían, se vieron arrojados a la construcción de una utopía. A lo largo del libro escuchamos a Dorothy Day, Kropotkin, Jack London, el sindicato de costureras de Ciudad de México, el ejército zapatista de liberación nacional, Gioconda Belli, Superbarrio, las comunidades budistas de California, las asociaciones vecinales de Nueva Orleans, Cindy Sheehan, los Panteras Negras. Un desfile de voces y catástrofes personales, de reacciones y emociones que imponen, al peso, la historia. El dolor no nos venció, oímos continuamente. Hicimos lo que debíamos hacer. Estuvimos a la altura de las circunstancias y dimos lo mejor de nosotros mismos. Somos más de lo que dicen que somos, somos mejores de lo que nos pintan, y tenemos más aguante. Una época menos escéptica y más grandilocuente que la nuestra habría llamado a eso naturaleza humana.

Peliagudo asunto es ese; grave y, a la vez, muy liviano. Quiere hacerse inmutable y casi flota en el aire de las palabras. Solnit dialoga con el filósofo William James, padre de la americanísima filosofía pragmatista, para proponer que los problemas humanos más cruciales son también carne de retórica y golpe de pensamiento, también relato. Lo que importa de un principio no es el principio en sí, dice James al comienzo del libro de Solnit, sino aquello que nos permite hacer. Lo que le interesa al filósofo no es «tanto la verdad de una creencia como sus implicaciones; no si existe Dios, sino las consecuencias de su existencia». Y cuando el desastre amenaza con reventarle las costuras al statu quo y los poderosos necesitan justificaciones para apuntalar estados represivos que les salvaguarden el poder, qué mejor que recurrir a la vieja perversidad hobbesiana de que la catástrofe acabará con la «fina corteza de civilización» que nos protegía de lo brutal, lo bestial, el sálvese quien pueda y la ley de la selva que nos habita. Lo que importa de nuestra maldad no es la maldad en sí, sino lo conveniente que resulta.
Una particular noción de la naturaleza humana, cuenta Solnit, permitió que las fuerzas de seguridad se hicieran con el control de San Francisco en 1906 y de Nueva Orleans en 2005, que recibieran orden de «disparar a matar», si era necesario, contra la población local, mientras esa misma población local se organizaba para apagar fuegos y realojar a las víctimas. Que Somoza tratara de reforzar su dictadura tras el terremoto de Managua que daría impulso a la revolución sandinista. O que unos nueve mil terapeutas corrieran a ofrecer sus servicios a la Zona Cero tras el atentado contra las Torres Gemelas, convencidos de que allí les esperaría un filón de individuos desvalidos y traumatizados cuyos pedazos requerían atención médica inmediata, y opiáceos, y que encontraran en su lugar a un ejército de voluntarios ayudando a los bomberos, evacuando a los trabajadores en barcos prestados sin permiso y asistiendo a los heridos y las personas desorientadas.
«The Washington Post definió la creencia de que todo superviviente a la catástrofe desarrolla PTSD como “una falacia perpetuada por ciertos profesionales de la salud mental a raíz de la tragedia”. Era una forma de representar únicamente la fragilidad de los supervivientes, de ocultar su resistencia».
El relato oficial de que en los peores momentos somos demasiado egoístas o demasiado débiles para ayudar a los demás se impone gracias a que la mayoría de la población se encuentra demasiado ocupada, precisamente, ayudando a los demás. El relato opuesto, el que surge de los testimonios de los supervivientes y de la mayoría de las investigaciones sociológicas, como demuestra Solnit, ese que hace nacer redes vecinales, sindicales, movimientos por el derecho a la vivienda, comités de auxilio a los necesitados y la certidumbre de que la felicidad, tanto como los problemas, es social, es solo compartida, no suele gozar del mismo éxito. Por lo que sea.
«Mi recuerdo más nítido del terremoto es la calidez humana y el afecto mutuo, generalizado, que le sucedió. Durante días, los refugiados salían de San Francisco y acampaban en el Idora Park y en el hipódromo de Oakland. La gente venía en pijama y camisón. Había recién nacidos. Madre y el resto de los vecinos pasaron días y noches enteros preparando comidas calientes. Regalaron toda la ropa que no era imprescindible. Lo dieron todo y no pensaron en el mañana. Recuerdo que, mientras duró la crisis, la gente se profesó amor mutuo».

Bob Fitch Photography Archive
Así habla Dorothy Day, anarquista radical, fundadora del Movimiento del Trabajador Católico, hoy en proceso de canonización. Tras el terremoto de San Francisco quiso creer que el amor mutuo podía profesarse en cualquier tiempo y que no hacía falta un desastre concreto —bastante tenía la gente con el del día a día— para traer a este mundo la plenitud de sentido y propósito, la vida urgente de la catástrofe. Se consagró a sembrar en la tierra las bondades del desastre. Que fuera esa u otra la verdadera naturaleza humana tampoco le hacía perder el tiempo. Lo importante era la fe. Belief matters. Lo que creemos importa.
Viene mi vecina a la ventana y me grita que está para lo que la necesite, que también en las malas hay que ayudarse. Vista la moral que tiene la gente, añade, no salimos de esta. Me explica la peluquera que en los momentos más críticos ella hizo cuanto pudo, pero te digo, la gente mira para sí, y punto. Y el panadero, y la tendera. Los grupos de whatsapp se han llenado desde hace meses de idénticas contradicciones en torno a nuestra catástrofe particular. Nosotros lo hicimos bien, el problema fueron ellos. Lo que sucede, deduce Solnit, es que, ante el desastre la mayoría estamos a la altura a pesar de nuestras creencias.
Como si la naturaleza humana fuera relato y fuera, también, otra cosa.
Como si pudiéramos aprender del desastre quiénes somos, como si todo desastre fuera, también, una revolución. ¿Qué pasaría —se pregunta Solnit— si actuáramos cada día sabiéndonos solidarios, esperando a cada instante lo mejor de nosotros?
Lo que creemos importa. Belief makes the world. Lo que creemos transforma el mundo. Cuando el statu quo se viene abajo, la realidad ha de tomar forma a partir de la imagen que tenemos de ella. Importa lo creído y lo creado y lo que las palabras casi son, una homonimia de ida y vuelta que permite cambiarlo casi todo, definirlo casi todo, hacer, de la creencia, creación.

Como si la naturaleza humana no fuera solo palabras, pero fuera también palabras y, en realidad, casi fuera solo palabras.