APUNTES SOBRE EL LENGUAJE Y LA PALABRA
[…] La máquina apareció / a lo lejos, entonando para sí / la canción del dinero. Era la red / que los atrapaba, hombres y mujeres / juntos. Los pueblos eran como moscas / que succionar. / Dios segregó / una lágrima. Basta, basta, / ordenó, pero la máquina / Lo miró y siguió cantando.
R. S. Thomas
Conocí a Paul Kingsnorth hace cuatro años en la costa oeste de Irlanda. Yo trabajaba en Charlie Byrne’s, una librería de libros usados de Galway, y él se había mudado con su familia a una casa con unas pocas hectáreas de tierra cerca de Portumna, un pueblo en el extremo oriental del condado, a unos sesenta kilómetros de la capital. Recuerdo que no gastaba mucho dinero en libros: cada dos meses traía las novedades que le enviaban las editoriales y las intercambiaba por ejemplares usados que le interesaban más. Yo me encargaba de tasarlos y de asignarle valor en crédito. También de fisgar en los lotes que adquiría. No era el único cliente que nos utilizaba para desocupar las estanterías de su casa, ni el más pintoresco en ese extremo occidental de Europa al que se llega en pos de un no sé qué o huyendo de un no sé cuál hasta que uno se topa con el océano y se asienta allí por cuestiones, digamos, meramente orográficas. Porque no se podía ir más allá. Porque en la costa oeste de Irlanda uno podía aún comprarse un terreno, levantar una casa y olvidar que existía un estado y unos medios de comunicación, e incluso, si tenía suerte, conseguir que el estado y los medios de comunicación se olvidaran de uno y vivir según las propias convicciones, me diría después el propio Paul, de quien The New York Times afirmaba que estaba cambiando el debate ecologista en Europa, y el periodista Bryan Appleman que su pensamiento y la psicosis posterior podía causar más muertes que el Unabomber. A mí no pareció ningún loco peligroso. En lo que a apariencia se refiere, la mayoría de los visitantes de la librería le superaban.

Junto al también escritor Dougald Hine, Paul había comenzado en 2009 el Proyecto Dark Mountain. El manifiesto inaugural fue un pequeño libro rojo titulado Descivilización, que ahora se incluye como epílogo en la colección de ensayos publicados por Errata Naturae, Confesiones de un ecologista en rehabilitación.
Tanto Paul como Dougald procedían del activismo ecologista y habían pasado buena parte de los últimos años en reuniones de campaña, manifestaciones, debates y acampadas. Ambos trabajaban con el lenguaje y conocían la forma en que la práctica política lo simplificaba, lo doblegaba y lo prostituía, un traje al que, tal vez, el propio lenguaje no había opuesto demasiada resistencia. En algún momento de sus charlas tabernarias, de sus encuentros en los bares, compartieron una intuición. El lenguaje, vislumbraron, era en realidad algo más que un diablillo travieso que se deja manipular en los eslóganes empresariales y en las soflamas ideológicas. Algo más que una marioneta de hilos tendidos desde las más altas torres del poder. El lenguaje era, en realidad, el centro mismo del desastre medioambiental y del colapso de la civilización humana. Quizá, su única solución. No dejo de preguntarme de qué palabras se sirvieron aquel día.
Los manifiestos, dicen Paul y Dougald en el suyo, son entes particularmente ruidosos, alborotados de respuestas. Suelen venir a interrumpir el silencio, favorecen los despertares. Descivilización era un llamamiento a escritores, artistas y creadores de todo tipo a subir con ellos la montaña oscura, a replantearse las preguntas. Era un llamamiento, en realidad, a la conciencia creadora de cada individuo, al músculo, tal vez dormido, con que nos llenamos de palabras.
Su hipótesis era bastante clara: la culpa del desastre ecológico en marcha, del próximo colapso de la civilización, la tenían los relatos que nos contábamos a nosotros mismos. Esos relatos pertenecían al ciclo mitológico del Progreso y servían a un único dios verdadero que, como tal, no tenía nombre. Ellos lo llamaron La Máquina, igual que R. S. Thomas, aquel pastor protestante de la primera mitad del siglo XX que atacaba con sus sermones al torbellino indomeñable de la industrialización que iba a arrasar con todo y que ya se había desbocado, y a los frigoríficos. Esos relatos eran La Palabra. El ser humano en el centro de la existencia, la indestructibilidad del imperio, nuestra capacidad para dominarlo todo, para comprenderlo todo, para arreglar cualquier problema. En tales Revelaciones seguimos depositando nuestra fe.
Y era ahí donde entraban en juego todos los manipuladores de la imaginación, la corte autocomplaciente de intelectuales urbanos, los creadores de historias que dormían el sueño de los cobardes en una cama improbable. «El tejido que forma la rutina de la vida, ese en el que todo parece mantenerse idéntico de un día para otro, camufla la fragilidad de los hilos que lo conforman». Los voceros y los altavoces, los líderes de opinión y los opinadores profesionales, repetían siempre que nuestra civilización era la mejor posible, reafirmando la genialidad del hombre y nuestro destino manifiesto como especie elegida. De ese modo tejían la esfera de lo posible: un tapiz tan hermoso, tan lleno de cosas inútiles, que nadie se preocupaba por el vacío que se abría nuestros pies.
En poco más de veinte páginas, Paul y Dougald dijeron muchas cosas y encendieron muchos fuegos: el número de quienes decidieron acompañarlos a la montaña oscura creció rápidamente. Han pasado diez años y desde entones han publicado más de una docena de antologías con poemas, relatos, ensayos, arte, fotografía o música. El camino que abrieron sigue hoy tan falto de mapas y lleno de asombro como el primer día.
En una ocasión, Paul dijo que el crítico que mejor había analizado su obra era un pensador cristiano, un teólogo. Pareció darse cuenta en ese momento de que sus ensayos eran esencialmente religiosos. Resulta que para tratar de desmontar la fe en el progreso, los dogmas perfectamente religiosos de la sociedad postindustrial, había que utilizar un lenguaje que pudiera resonar en el centro más oscuro del ser. Estilísticamente, hay algo poético, místico o mesiánico en su prosa, un tono que seduce con la reverberación. Estructuralmente, este libro es en esencia un proceso de pérdida, anhelo y recuperación de la fe. Y conceptualmente, hay un descubrimiento de una gran entidad innombrable e inmanente en lo «salvaje», un sentido de lo sagrado.
«El miedo y la violencia inherentes a la naturaleza salvaje, tanto como su belleza y su paz, me inspiran impulsos similares a los que las religiones proyectan sobre sus dioses antropomorfos: la humildad, cierta noción de la propia insignificancia, un ocasional pavor, el frecuente deseo de ser parte de algo más grande que yo mismo y los míos. Perderme el yo, perder el Yo. Imagino que quienes crearon aquellas obras de arte [las pinturas rupestres del Salón Negro de Niaux] llegaron a esa noción de lo sagrado a través de su relación con un reino externo al humano, distinto al propio».
Él mismo reconoce que nada de lo que cuenta sobre el cambio climático o la deforestación o la pérdida de hábitats o la hegemonía de la sociedad de consumo en Occidente es novedoso. Reconoce que todos hemos oído mil veces que la catástrofe se avecina, y añade que si no hemos actuado ya en consecuencia no es por falta de información sobre el problema. Sin embargo, muy pocos habían mencionado que el origen y la solución de ese problema estaba en nuestra propia concepción de nosotros mismos, en quiénes nos creemos, en la literatura. Ninguna otra forma artística tiene este poder de pararse frente a la civilización humana y, en su espejo múltiple, decirle que no es más que un relato, como ella misma, como el hombre; que las certezas de la realidad se han construido siempre sobre el vapor de los sueños.

Así, estos ensayos cuestionan el rumbo del progreso y del ser humano guiado por las ficciones antropocéntricas de su propia omnipotencia; la relación del hombre con el resto de lo vivo, lo salvaje, lo virgen, lo que escapa siempre a nuestro dominio; el vínculo espiritual de humildad y reverencia hacia aquello que es más grande que nosotros. Tratando de encontrar un mapa de coordenadas para el lector en castellano –como lector en castellano–, estas páginas me han hecho pensar en las críticas al proyecto civilizatorio del Ernesto Sábato de La Resistencia. Las críticas al lenguaje del Rafael Sánchez Ferlosio ensayista. Y, sobre todo, las críticas a la realidad de Agustín García Calvo. A la Realidad, pensada en mayúsculas y entendida como esa rabia con que nos gritamos los unos a los otros que las cosas no pueden ser de otra manera, ese ímpetu con que zarandeamos los libros de normas implícitas que construyen el único mundo posible. «El breve periodo de estabilidad climática que ha permitido la evolución de las civilizaciones humanas», dice Paul, «es sólo eso: un breve periodo. No constituye la norma, dado que no existe norma alguna».
Al leer a Paul Kingsnorth —y más aún, diría, al traducirlo— a uno le tienta la fe en la literatura como herramienta para ensancharse el mundo, para reventar los confines de lo posible y las compuertas de la misma realidad, una forma de revolución nada desdeñable, a mi juicio. REsulta que las posibilidades del lenguaje y de la literatura son tan infinitas como el mundo que habita fuera de las palabras, el mundo no humano, y esa es la feliz paradoja que late en el centro de este libro. Olvidar que la realidad y el idioma son inabarcables es una manera de deshonrarlas a ambas.
«El fin del mundo tal y como lo conocemos no es el fin del mundo a secas. Juntos, encontraremos esperanza más allá de la esperanza, los senderos que nos lleven al lugar desconocido que ya nos aguarda».
