El fuego del fin del mundo. Wendell Berry

Apuntes léxico-sintácticos para una granja en Kentucky


Para muchos, todo el proceso de desarrollo intelectual y literario es un movimiento, no de realización o de superación, sino de alejamiento de la gente y la sociedad que mejor conocen; de la fe que aún, en el fondo, aceptan; del pequeño, crudo, mundo provinciano hacia el que aún sienten un cariño acomplejado.

Wallace Stegner

Dice Paul Kingsnorth, antólogo de los ensayos de Wendell Berry en la edición inglesa que ahora traduzco para Errata Naturae bajo el título de El fuego del fin del mundo, que cuando uno lee a Wendell Berry tiene la sensación de que este hombre «no hace nada a la ligera, que escoge las palabras con el mismo cuidado con que realiza cualquier trabajo», sea literario o agrícola. O cambiar una bombilla. En sus textos, es cierto, las ideas parecen resistir siempre a la premura, como si debieran asentarse en la tierra e incluso fundirse un poco con ella antes de dar el siguiente paso. Así, traducirlos ha consistido en reproducir, más que la palabra exacta, el momento preciso; el instante que hacía, de la retahíla, aliento. Sabiendo que aún labra las tierras de su granja en Kentucky con una pareja de caballos, y «no por nostalgia, sino porque los caballos hacen mejor labor que los tractores, y la jornada más placentera» (Aperos de tracción animal y la doctrina del ahorro de trabajo), la metáfora equina casi sale sola. Sin embargo, al leer los ensayos recogidos en El fuego del fin del mundo uno no piensa tanto en el ritmo tranquilo del caballo entre los terrones como en la mano que los guía, en el seguro temblor o la curva confiada de la brida que une al hombre y al animal. El ritmo medido de quien conoce la naturaleza impredecible del campo y de la bestia y de las grandes fuerzas del mundo.

Muchos de estos ensayos comparten una misma preocupación ecológica por la conservación de los lugares que agotamos, de las tierras que trabajamos, y de aquellas que deben quedarse sin labrar, de los territorios que no pueden pertenecernos. Para Wendell Berry no son intereses contrapuestos. Nos hace falta el bosque tanto como el sembrado. Nos hace falta la oveja tanto como el lobo. Lo material y lo espiritual son una misma necesidad y una misma casa y podríamos aventurar incluso que la oveja y el lobo se necesitan mutuamente. «La naturaleza y la cultura humana, lo salvaje y lo doméstico, no son opuestos, sino interdependientes […] y pueden existir en beneficio mutuo» (Entenderse con la naturaleza). Solo alguien que trabaje la tierra con un ojo puesto en la inmensidad del suelo que pisa y otro en la del suelo que no le corresponde pisar, podría comprenderlo. Decía John Berger que la diferencia entre la mente urbana y la mente rural se manifestaba en las conjunciones gramaticales: donde el de la ciudad proponía un «quiero a este cerdo, pero lo sacrifico», el hombre del campo respondía «quiero a este cerdo y lo sacrifico», pues sabía que la contradicción era un artificio, que el sacrificio carecía de sentido sin la concurrencia del amor. Wendell Berry es otro de esos escritores sintácticamente conscientes de que la vida no entiende de yuxtaposiciones, de que todo es un constante fluir. Que no hay peros que valgan.

Tenía treinta años cuando decidió comprar una granja y unas cuantas hectáreas de tierra en su —nada menos— Kentucky natal, abandonando una prometedora carrera de escritor moderno, cosmopolita, de inglés inagotable, en Nueva York. Había logrado entender que ya siempre escribiría de lo mismo. Que su «tema» sería eternamente «el pequeño territorio de Henry County donde había crecido» (La creación de una granja marginal), el que más íntimamente conocía. La llamada de la tierra era ineludible. Desde la distancia solo podría fabular territorios mentales, bajo el que moriría el territorio real del que un día se independizó. Le aseguraron que cometía un error, que no podía regresar. Y él:

«Era tan consciente como Thomas Wolfe de que hay cierto sentido metafórico en el que no nos es dado volver a casa: el pasado se ha esfumado y no puede ser vivido por segunda vez. Era perfectamente consciente de que no podía volver a casa a ser un niño de nuevo ni a retomar los seguros placeres de la infancia. Pero también sabía que esa frase se me repetía con un patetismo y un sentimentalismo autoindulgentes perfectamente ridículos. La casa —el lugar, el terreno físico— aún estaba ahí, bastante parecida a como la dejé, y no había razón alguna por la que no pudiera volver a vivir en ella si me venía en gana» (Una colina de origen).

Su tema era su casa y esta habría de conformar su escritura y su vida entera. Su casa eran las tierras y los ríos (La crecida) y los bosques del Henry County en Kentucky y el Henry County en Kentucky era, podía ser, el mundo entero.

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Si para Paul Kingsnorth es en lo salvaje, lo silvestre, lo bravío y lo inhumano (esos intraducibles wild, wildness, the wild, the wilderness); es en las afueras cimarronas de la civilización, digo, donde uno encuentra el germen de lo sagrado y empieza a construir la ética ecologista y personal y el dolor de cabeza de su traductor, para Wendell Berry el gran tema y el vórtice de todas las polisemias es lo doméstico: la casa, el hogar, la lindera y la sebe: la posibilidad de acoger todo lo que debe ser libre, todo lo que no habría de rendirnos pleitesía. El primero defiende, a grandes rasgos, la ética budista de sentarse en silencio a asumir la realidad de cuanto nos rodea. El otro, la ética cristiana de responsabilizarse de su cuidado. Pero ambos tienen la lucidez necesaria para comprender que el problema ecológico está enraizado en profundos reajustes religiosos: la fe en el progreso, la sacralización de la sociedad de consumo, la soberbia de creerse todopoderoso, el hijo pródigo que no regresa a casa. Algún día habrá que reflexionar sobre los nuevos dioses que han sustituido a los antiguos, sobre los meapilas de la modernidad.

Y algún día habrá que reflexionar también acerca de qué relatos nos conforman: hasta qué punto los libros de caballerías se materializan, sin que nos demos cuenta, en nosotros. No sé si habrá algún tema más importante que ese. De todos los ensayos incluidos en este volumen, mi favorito es una breve historia literaria titulada Escritor y región. En ella, Berry repasa las grandes obras con que se empezó a narrar Estados Unidos, desde Whitman y Thoreau y Emerson al Huckleberry Finn, una novela que funda géneros y conciencias nacionales. El héroe de Mark Twain se convirtió en el prototipo del héroe americano, el adolescente que reacciona contra una casa injusta y doliente y tiene el valor de marcharse sin mirar atrás, sin perder ya nunca la desazón en la mirada; el liberal, el libertario, el nostálgico, el exuberante, el adicto, Hawthorne, Ellis, Wolfe, Wallace, Bukowski, Carver, Roth, Salinger…; erupciones de voz, víctimas cansinas de su propio desarraigo.

«Como nación, hemos imaginado la libertad grandiosa de la infancia, de la que Huck Finn sigue siendo el ejemplo más destacado. Hemos imaginado las juventudes, libres de compromisos ajenos, en que despuntan la naturaleza y el genio y el poder: la juventud contemplativa, la artista, la cazadora, la del vaquero, la del general, la del presidente: vidas dedicadas y solitarias en el Territorio de la individualidad. La infancia y la juventud han seguido siendo nuestros modelos de “liberación”, para mujeres igual que para hombres. Sin embargo, apenas hemos sido capaces de imaginar la asunción de responsabilidades que es el sentido, y la liberación, de la madurez. Apenas hemos sido capaces de imaginar una vida en comunidad, como tampoco hemos sido capaces de imaginar la tragedia que conlleva».

Este es el sorprendente proyecto ético y literario de Berry, desarrollado en ensayos, poemas, cuentos y novelas, como la estupenda Jayber Crow. Un proyecto que tiene como principal enemigo la abstracción, que es una forma de huida, un atajo del pensamiento y del lenguaje, un arrojar páginas al vacío. Huck no regresa a casa ni es capaz de formar un hogar; jamás lo veremos como un hombre adulto. Las comunidades que protagonizan las obras de Faulkner, nos dice Berry, están en proceso de desintegración, y solo algunos de sus personajes femeninos, como Lena Grove, mantienen viva la llama de la esperanza.

Para Berry, ha sido otra mujer, casi desconocida en España, la única capaz de imaginar una comunidad en plenitud. Una comunidad con los días contados, tal vez, pero feliz. En La tierra de los abetos puntiagudos, Sarah Orne Jewett (en castellano en Dos Bigotes), nos muestra la «temporalidad y la atemporalidad» de una comunidad. Una plenitud que huye del pintoresquismo y que «solo puede hallarse en la supervivencia a las tragedias que recuerda, en la reconfiguración coherente en torno a las pérdidas que no olvida, en la generosidad con que ha incluido la excentricidad, la enfermedad, la rareza, e incluso a aquella que optó un día por el exilio». Una mujer regresa al hogar a descubrir el goce de lo que es único, de lo que no se parece en nada a nada más.

Eso quiere Berry. Imaginar todas las facetas de una comunidad feliz . Escribir la ficción de la paz humana que solo puede darse de manera específica en un lugar concreto. Como proyecto literario, me parece revolucionario. Como proyecto ecológico, también. Ningún territorio mental —ningún sueño, ninguna utopía, ningún proyecto de modernización— habría justificar la destrucción del territorio real. Ninguna abstracción habría de venir a entorpecer el paso del caballo que tira del arado, el pensar que nace de la tierra, la sintaxis que asume en cada quiebro la visión del águila y el ímpetu del viento.

3 comentarios en “El fuego del fin del mundo. Wendell Berry

  1. Hola David.

    Me estoy leyendo el libro y es una gozada. No sólo por el contenido (no podría esperar menos de la colección Libros Salvajes), sino también por la traducción. Como licenciado en Traducción e Interpretación y traductor profesional (aunque científico-técnico) me resulta muy placentera su lectura, pues en las casi 300 páginas que llevo no he pensado en ningún momento en la traducción, cosa que muy pocas veces me ocurre (y, como comprenderás, nunca me ocurre en textos técnicos, que parecen vomitados directamente de algún traductor automático) por deformación profesional.

    Un saludo.

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    • Muchas gracias, Jose, por tu comentario. Me alegro de que lo estés disfrutando. Como te podrás imaginar, traducirlo fue un enorme placer. Algunos de los ensayos son de una lucidez asombrosa, sosegada y, al mismo tiempo, apabullante.
      Un abrazo

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